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Primer encuentro en el Festival de Cine Europeo de Sevilla

El triángulo de la tristeza, Godland y As bestas

Los agitados e impredecibles murmullos del anochecer, inspirados en el genuino encanto del celuloide, se encargan de dar la bienvenida a la última edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, un cálido e iluminado evento al que, afortunadamente, he podido asistir por primera vez después de varios años mirando hacia otras aguas con detenida pesadumbre.

Acudo a la apertura de esta celebración del séptimo arte, cómo no, con la ilusión de un niño y la atenta mirada de un adulto, estudiando y comprendiendo la intermitente dificultad que supone lidiar con las crecientes olas del más bien moderno desenfreno artístico, la peligrosa, estética y a menudo exitosa filosofía del todo vale. Llegados a este punto, lo único que puedo hacer para vosotros es sentarme en la butaca, observar como un francotirador de segunda o primera y ordenar mis pensamientos para luego ponerlos por escrito con la más noble de las intenciones. Venga, vamos allá.

Vuelve a salirse con la suya Ruben Östlund tras los agigantados pasos de El Triángulo de la tristeza, una ácida e irónica sátira sobre la lucha de clases en pleno espejismo digital y capitalista. Película con la que, al igual que The Square, aquella pronunciada crítica dedicada al arte en su contemporaneidad, ha logrado alzarse con la prestigiosa Palma de Oro en Cannes en un año rebosante de diversas y prometedoras propuestas.

Östlund, para bien y para mal, demuestra cierta personalidad a la hora de afrontar su particular sentido del humor.

Diría que me recuerda a su anterior obra en muchos aspectos. En esencia, la sonada inauguración de un espectáculo estridente, ambicioso, extenuante y desvergonzado de poderosas ocurrencias que se desgastan tan rápido como su director, visiblemente hipnotizado por su capacidad de navegar entre los esperpentos con la fuerza de un himno de estadio, decide practicar el auto-sabotaje.

Durante los primeros compases de su desarrollo narrativo, el sentido del humor del sueco logra hacerse un merecido hueco entre las contagiosas carcajadas del público, el cual primeramente decide creerse la broma y abrazar el exceso audiovisual con el corazón agitado y la mente despierta.

No obstante, muchos de los allí presentes, al igual que yo, seguirán buscando una explicación lógica para intentar justificar un tercer acto lo suficientemente tedioso, errático y redundante como para desmantelar los esfuerzos generales de su obra casi por completo. En conjunto, un trabajo de notable que termina en aprobado raspado por descuidar los cimientos de una trama digna y pertinente. Me quedo con la chispeante extravagancia de Woody Harrelson en el crucero de los desvaríos.

En poco más que un instante, pasamos del Rock and Roll de vuelta y vuelta a una sutil mezcla de sugestivas, complejas, relajadas e inusuales melodías ambientales. Toca hablar de Godland, película que nos transporta a finales del Siglo XIX para contarnos la historia de un joven sacerdote cuyo deber es llegar a Islandia para construir una iglesia y fotografiar a sus habitantes. Evidentemente, este viaje pondrá a prueba la voluntad de un hombre en el fondo condenado a luchar severamente contra fuerzas desconocidas e implacables, fuerzas nacidas de las raíces del entorno.

Notamos algo especial en la cámara de Pálmason. Radiografía la entidad de los lugares desde un prisma profundo, enriquecido y desolador.

La dirige un tal Hlynur Pálmason, cineasta islandés cuyo nombre jamás había escuchado hasta ahora, que llega al festival para descubrirnos un cine contemplativo, imponente, sumamente atractivo y desafiante. El espectador, si no sucumbe a la densidad del relato y su ritmo pausado, tarea difícil debo admitir, verá recompensada su mayúscula paciencia con una demostración íntima, hábil e interesante de cómo manejar adecuadamente la intensidad, el equilibrio y la forma sin recurrir a caprichos esteticistas completamente vacíos de contenido.

La cámara, en formato cuadrado, estudia, observa y narra con valor, lirismo y penetrante honestidad. Nos habla del colonialismo, la fe, el duelo y la tentación, pero sobre todo nos habla de la naturaleza, bella, eterna, cruel, impredecible, indomable. Examina elementos como el viento, el hielo, el fuego, el barro y, con notable precisión, detalla un pulso arrollador entre tiempo y mente, donde hallamos ciertas claves de la obra, todo a través de poderosos planos secuencia y composiciones fijas fascinantes si uno se atreve a perderse en ellas.

Uno de los largometrajes más esperados de este año a nivel nacional es As Bestas, un thriller dramático de Rodrigo Sorogoyen sobre el ecologismo y la vida rural que se apodera de un fragmento del espíritu del western más iluminado y contempla la verdad más fría, despiadada y abrumadora posible para esta clase de historias.

El director español, que también firma junto a Isabel Peña un guion sólido y con reseñables matices psicológicos, dota a la película de una atmósfera irrespirable, dominada por la amenaza, la incertidumbre, el tormento y la barbarie. Hace que parezca fácil, pero no lo es en absoluto. Con la justa cantidad de elementos en la elaboración, termina filmando algunas de las secuencias más logradas, perturbadoras y agobiantes que he visto durante este 2022.

Es mérito de Sorogoyen y unos admirables actores desarrollar un clima de peligrosidad de tal calibre con esa indescriptible naturalidad.

Somos testigos de un talento innato para asimilar y plasmar la minuciosidad de un lenguaje veraz y demoledor desde un tratamiento privilegiado e inteligentísimo de la imagen. Un talento perfectamente comparable a las monumentales interpretaciones de todo el reparto, en especial la de Luis Zahera, que hechiza y acojona con esa mirada desquiciada, arrebatada e inquietante con sabor a clásico perpetuo en nuestro cine.

Desgraciadamente, debo admitir que su primer tramo funciona mucho mejor que el segundo, pues considero que en él se podría haber explorado de un modo más incisivo cada uno de los temas que se plantean desde el comienzo de sus dos diferenciadas partes. Sin ser un ejercicio redondo, se trata de un largometraje muy completo que funciona como recomendación directa e ideal para los amantes de la intriga dispuesta a jugar con los límites de la moral y sobrepasarlos con la fuerza de un devastador puñetazo.

Antonio Marchena

"Pero ahora bailamos este macabro fandango, y cuatro años habrán de pasar para poder descansar". Bueno, llevo más de una década enamorado de un fontanero al que le chifla meterse en tuberías seguramente malolientes. No me quejo.
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