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Crítica de Men

Un Garland tan tosco como simbólicamente atractivo

Alex Garland es un director que siempre me interesa. Aunque hablamos de una trayectoria no demasiado larga, no se trata de un impulso arbitrario. El éxito de Ex Machina, un debut notable e inquietante en el campo de la ciencia ficción reflexiva, no se debe al azar, se basa principalmente en la astucia y la convicción de un cineasta que supo jugar sus cartas sin miedo alguno. Luego llegó Aniquilación, ese relato fundido en la supervivencia y la autodestrucción que, si bien no despertó en mí sensaciones realmente poderosas, supo mantener mi atención hasta el final con su permanente juego de influencias de lo fantástico y lo onírico.

Por otro lado, muchos me han hablado maravillas de Devs, una miniserie que, según parece, resultó ser el arrebato más sorprendente y existencialista del creador británico. Claro está, como no voy a opinar de cosas que no conozco, voy a pasar directamente a su último trabajo, la polémica y rabiosa Men. Lo primero que puedo deciros es que han dicho demasiadas cosas sobre ella, y casi todas son verdad. «¿Y eso cómo es?», preguntarán algunos. Bueno, os voy a intentar explicar todo el jaleo, uno bastante curioso dentro de su naturaleza salvaje.

En realidad, Men es una película muy sencilla, tan sencilla como la lectura figurativa de su título. Desde las emociones, se divisa una experiencia perturbadora ampliamente conectada bajo un desconcierto in crescendo; y es que todo acontece desde una pieza compacta que plantea desentrañar un estudio sobre la psicología de la violencia y la pérdida en líneas generales. No sería la primera vez que Garland desarrolla sus ideas desde un minimalismo palpable, con la ya mencionada Ex Machina demostró que con muy pocos elementos se puede rematar un thriller sólido y repleto de capas, de una profundidad psicológica tan deseada como la eterna juventud en tiempos tan fugaces como frívolos.

La interpretación de Jessie Buckley es claramente una de las mayores fortalezas de la película.

Me invade la sensación de creer que en este proyecto conviven dos núcleos de expresión. El primero trata de una exploración trivial e indefinida sobre la masculinidad tóxica y la posición de la mujer en un entorno hostil y depravado. Se percibe, por desgracia, una imprecisión notable al momento de aportar consistencia al marco reflexivo y claramente crítico de la premisa. Sin embargo, el segundo núcleo hace acto de presencia para arropar por completo ese esquema aparentemente incompleto que inevitablemente se presenta dudoso en pantalla. Nuestra mirada tiembla y resiste interesada ante un uso tremendamente original y efectivo de los componentes cinematográficos ligados al terror contemporáneo. La génesis de un universo de horror simbólico con alta capacidad de impacto, intriga e inmersión.

Muchos han acusado a Alex Garland de priorizar el vacío estético antes que garantizar una mayor calidad narrativa en su obra. Son críticas que puedo llegar a entender dada la extravagancia técnicamente sugestiva que rodea al largometraje. Comparto que le hubiera venido de perlas una investigación más centrada e insistente sobre un asunto en el que, si lo pensamos durante un escaso rato, tampoco puede ser un firme protagonista sumergido en la tragedia. La cuestión es que su control dominante del lenguaje y la atmósfera del miedo en sí mismo logra que la balanza se incline hacia un punto favorable y, por lo tanto, satisfactorio. Una posición en la que reivindica su astuta personalidad en el campo de lo experimental y presume de una habilidad inusual en lo que a manejo de lo desconocido se refiere.

La estrategia de Men, al menos en su segundo núcleo, no se siente lejana ni desequilibrada en ningún instante. Se tocan las teclas adecuadas en el momento adecuado. El espectador, con suma facilidad, se implicará en la desesperación, la confusión y la indefensión de una admirable Jessie Buckley durante aproximadamente 100 minutos. Formará parte de este juego tenebroso de dobles caras y soledades irrespirables mientras trata de comprender y sentir un escenario de una calma tan efímera y provocadora como el estallido de un volcán en cámara lenta. Queda en nuestras manos entender y abrazar ese conjunto de visiones próximas a lo extraterrestre, inquietantes siluetas, espacios extrañamente inofensivos y lecturas en plena transformación como la mezcla final para evidenciar la complejidad de esta escrupulosa visión a través del inmenso poder de su siempre consciente tratamiento de la imagen y el sonido, voces cantantes de este implacable y violento festival del shock.

Un plano tan sencillo como fascinante. La oscuridad es el impulso de lo invisible, un mal que intuimos pero no vemos.

Qué curiosa es la última película de Alex Garland. Pero hablo de una curiosidad que se desenvuelve de un modo completamente diferente a sus anteriores trabajos. Es un ejercicio arrollador e imperfecto sobre un duelo de amor, sangre y lágrimas. La lucha de una mujer por sobrevivir a una sociedad injusta, demoledora, posiblemente carente de humanidad. Debido a la actualidad del tema, hablamos de un acercamiento sensible, arriesgado. Un largometraje en el fondo destinado a cargar con los ruidosos teclados de bandos ahogados de un resentimiento excesivamente personal que se exhibe ciego a los fundamentos exprimidos de un simple visionado, uno que casualmente suele ocurrir poco con este tipo de personas. La vida misma, hoy, mañana y a saber hasta cuándo.

Una pesadilla de color e incertidumbre.

Alex Garland busca un enfoque brutal e íntimo a partes iguales. Golpea al espectador sin mostrar de dónde vienen los golpes. Cuando se esfuerza en profundizar en la relación, los puñetazos se vuelven algo erráticos y bueno, no tumbarían ni a mi yo de hace siete años. Los noqueos llegan cuando despierta ese terror multiforme y astuto absolutamente capaz de representar la angustia desde reflejos poco explorados. Es por esto que Men, a pesar de unos cuantos castañazos, posee la fuerza, la valentía y el brío necesarios para perdurar en la memoria y saltar al siguiente nivel, aquel que florece fuera de los territorios tramposos e insípidos, de las normas más desgastadas del género.

Men

Puntuación final - 7

7

Recomendada

Las carencias de Men permanecen al descubierto. Nuestro Alex Garland se ha sumergido en ciertos temas sin conocer realmente la profundidad de los mismos. Entre unos pocos fallos, sin embargo, sobresale una de esas historias de terror que logran escaparse de lo convencional con una habilidad cercana a lo genuino, lo atractivo.

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Antonio Marchena

"Pero ahora bailamos este macabro fandango, y cuatro años habrán de pasar para poder descansar". Bueno, llevo más de una década enamorado de un fontanero al que le chifla meterse en tuberías seguramente malolientes. No me quejo.
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