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Jugar por jugar

"No eres tú, Agumon. Soy yo"

Creo que estoy en una mala racha. Distraer la cabeza, jugar para mirar a otro lado y muchas otras malas prácticas se han transformado en una rutina que me narcotiza para no tener que confrontar las realidades que, en algunas ocasiones, a todos nos cuesta digerir.

Todos tenemos etapas de conflicto o de dudas, momentos donde nada engancha, reina el desinterés y cuaja el malestar. Hoy me gustaría circundar esta problemática alrededor de los videojuegos, sin ánimo de ser conclusivo o tratar de ofrecer una solución; hoy me apetece compartir una visión diferente de los problemas personales desde la perspectiva de un jugador. Una exposición personal sobre un tema concreto: La existencia de «el jugador cansado».

¿Alguna vez os ha pasado que los juegos empiezan a hacerse demasiado largos? ¿Que os comienzan a dar igual las misiones secundarias? Que, igual, prefiero escuchar la última canción del Rojuu mientras juego, antes que atender a la banda sonora de Digimon Story: Cyber Sleuth o que, simplemente, es mejor no abrir ese cofre a la otra punta del mapa porque, total:

«Que lejos está y que poca falta me hace».

Últimamente juego alejado de las pretensiones que reserva el juego para mí, para el jugador. Busco algo muy concreto que, lo encuentre o no, me hace desarrollar cierta insensibilidad al abandono de aventuras o, en su defecto, unas terribles ansias de eliminar esas aventuras de mi lista de pendientes, jugando rápido, agobiado y sin ningún tipo de criterio a la hora de disfrutar de mi última adquisición.

Que la falta de interés se convierte en una lucha de propósitos y convicciones con respecto a lo que crees que debes hacer, porque sabes quién eres y sabes lo que te hace feliz, pero igual no cuentas con que no es el mejor momento para ello.

Y de nuevo, me cuestiono sobre cómo manifestar un descontento hacia el videojuego desde la perspectiva y culpa del ánimo del jugador. Que no se cómo argumentar que últimamente me toca decir:

«No eres tú, Agumon. Soy yo».

Me explico con un ejemplo. Me gusta mucho Digimon; ya he mencionado antes Digimon Story: Cyber Sleuth, título que estoy jugando ahora mismo, pero que no me sale jugar. Me dispongo a mentalizarme para encender la Switch, leer a Frederik Peeters o realizar cualquier acto ajeno a mis obligaciones y algo me imbuye en un trance estupefaciente que consume todas las horas que había reservado para cultivarme para, finalmente, no hacer nada. Como jugador, es frustrante, pero como persona, más; y entonces me enfado conmigo mismo, y juego, y leo, y veo y llego a la conclusión que hoy trato de explicar: Estoy banalizando aventuras maravillosas.

Os he hablado de ese efecto narcótico, de esa teoría hipodérmica acentuada en los más precisos términos de aislamiento y dispersión. Entonces, de nuevo, llega la sensación de jugar por jugar, de consumir sin mayor rumbo ni objetivo que el de no querer pensar tus problemas, o hacerlo sobre la externalización de los mismos, representados en una obra que refleja tu estado anímico.

Lo que en un momento era jugar por jugar, se convierte en una búsqueda, una búsqueda del juego que sirve de referente para identificarte. Ocupar tu cabeza con otro lugar oscuro u otra persona atormentada, con tu Silent Hill o con tu James Sunderland. Ese es el maldito momento donde piensas que tu problema es más fácil de llevar si viene grabado en un disco, si lo explica alguna línea de Evangelion o si viene definido en una canción puntual y recurrente.

También es curioso mencionar y exponer ese momento en el que comienzas a jugar con tus carencias. ¿Alguna vez le habéis puesto el nombre de tu gato fallecido a los Felyne del Monter Hunter? ¿O recordáis aquel momento donde escribes el nombre de tu expareja en Tender: Creature conforts? Creo que llega un momento en el que el «juego por el juego» nos lleva a encontrar ese espacio alternativo donde podemos empezar a jugar con lo que nos podría llegar a hacer feliz.

Todo ello me recuerda a Sonny Boy (Shingo Natsume, 2021), un anime que recomiendo muchísimo y que trata, de alguna manera, sobre el proceso cognitivo por el cual nos podemos perder, de la noche a la mañana, en un mar de realidades a la deriva.

OLEG es un cómic que también trata sobre elmanejo de una vida que vive entre la realidad y la ficción.

De nuevo, esto me hace pensar en Digimon Story: Cyber Sleuth, en pensar en el cómo se me puede hacer tan pesado jugar a algo que me está gustando tanto. ¿Se va perdiendo la ilusión con los años? Todo me hace ver como la aguja hipodérmica de Lasswell cala en la industria del entretenimiento digital.

La obra de Inio Asano es bien querida en la redacción y me ha hecho reflexionar sobre todo lo mencionado.

Y es que este texto trata de atender a que puede ser que, algunas veces, me ponga paranoico y piense que igual, la razón y la pretensión de todo esto, es adormecer a las masas para que sigamos pagando microtransacciones como ratas de laboratorio. Pero entonces, por mi mente, aparece Omori o aparece Asano para enclaustrarme en sus líneas y dejarme ver que no es solo la parte interactiva. Creo que hay miles de mentes que siguen en cuarentena, mirando cielos nublados y leyendo subtítulos amarillos de cualquier retazo audiovisual posible.

Y con esto no descubro la pólvora ni digo nada nuevo cuando expongo mi actual experiencia como jugador, pero me apetecía compartirla, darle una vuelta y pensar: «Hey, me he vuelto a perder entre pantallas».

Carlos González

Buscadme en Tokio-3 o junto con mi gato, que se llama Wanda y es de Wakanda.
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