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La influencia que ejerce la nostalgia sobre nosotros

¿Eran tan buenos?

Hoy vengo a hacer de abogado del diablo en este asunto tan chungo que es el de la nostalgia en los videojuegos. Todos hemos tenido uno o varios juegos de nuestra infancia o adolescencia cuyas experiencias quedan varios años atrás y que, por norma general, tendemos a idealizar muchísimo. En esta ocasión he querido reflexionar acerca de este asunto, con el fin de, no tanto encontrar la realidad de lo que nos pasa, sino, como mínimo, acercarnos a la reflexión crítica sobre ese placer que nos causan esos videojuegos.


AVISO: Este artículo puede contener spoilers menores de The Legend of Zelda: Ocarina of Time y Disco Elysium. Ruego lean con discreción.


En toda mi vida he tenido 7 juegos en Nintendo 64, todos cortesía de mi padre y de los cuales tuve desde siempre 5: International SuperStar Soccer 64 (nunca lo jugué demasiado), Lylat Wars, Jet Force Gemini, Shadow Man, Super Mario 64, Donkey Kong 64 y la joya de la corona: The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Mi padre tardó unos años en darme Jet Force Gemini y Shadow Man, por su contenido no apto para todos los públicos.

Shadow Man
Shadow Man, aventura de acción sobre magia negra, poderes sobrenaturales y terror en cierta manera. Un juego sobresaliente que a día de hoy cuenta con un HD Remaster.
Jet Force Gemini, un juego de acción de temática espacial y dificultad endiablada, con el cual nunca me puse por avisos de mi padre, el cual tardó en completarlo 100 horas.

Sin embargo, salvo estos dos juegos, International SuperStar Soccer 64 y Lylat Wars, que protagonizaron pocas de mis tardes de niño, los otros tres fueron los pilares fundamentales de mis partidas.

Super Mario 64 quizá fue el menos jugado. Es ese juego de nuestras vidas del cual no pasamos de las primeras pantallas: nos entretenemos mucho explorando los niveles y tampoco aspiramos a más. Ello sumado a que visualmente me gustaba menos que Ocarina of Time o Donkey Kong 64, hizo que se quedara con el tercer puesto sin darme en absoluto malas experiencias.

Donkey Kong 64, según he visto en Internet, es uno de los juegos más odiados de la saga. No recuerdo las razones, pero no puedo estar más en desacuerdo. Sus islas, con numerosos puzles, su estética, sus salas y escenarios, sus combates contra jefes, sus minijuegos y setecientas mil cosas más hacían de este videojuego uno de mis favoritos de todos los tiempos, ya que ello sumado a la nostalgia le pone la medalla de auténtico juegazo así como el trofeo de plata de mi Nintendo 64.

Y ahora sí, EL juego.

The Legend of Zelda: Ocarina of Time fue, por poco, mi primer Zelda jugado, ya que, tengamos en cuenta, Phantom Hourglass, de Nintendo DS (una consola masivamente utilizada por mí) y Twilight Princess, de Wii, salieron en 2007 y 2006, respectivamente, comprándolos mis padres de salida y siendo yo poco más que un moco con piernas cuando entraron en mi casa. Sin embargo, Ocarina of Time me maravillaba a más no poder.

Frente a Super Mario 64, la gama cromática de Ocarina of Time me parecía ridículamente compleja y preciosa. Su banda sonora era una auténtica locura: simplemente encender la consola, ver el logo de Nintendo 64 y que, acto seguido, el horizonte de un amanecer protagonizado por un piano embriagador apareciera en tu pantalla de tubo era, simplemente, onírico. No puedo sino poner aquí semejante obra maestra musical cargada de sentimientos para compartir con vosotros, queridos lectores, las lágrimas que esta pieza es capaz de hacer brotar.

Pero, por supuesto, no todo era eso, ya que la historia de Ocarina of Time no era solo paisajes bonitos y pura fantasía. Si bien es cierto que Zelda siempre ha sido lo mismo, la carga narrativa aquí era una verdadera primicia: no se había visto semejante desarrollo antes en ninguna entrega, por una cosa en particular: el 3D.

La secuencia cuando espías a Ganondorf y te ve. La narración del Árbol Deku. La huida de Impa y la Princesa Zelda tras el asalto a la ciudadela de Ganondorf. Las reuniones con los Siete Sabios. La escena del órgano. Todo eso definiría lo que de adultos nos serviría para identificar una obra maestra en cuanto la veíamos.

No podría contar las veces que me he pasado este juego en toda mi vida, tanto en Nintendo 64 como en Nintendo 3DS, la cual adquirí única y exclusivamente por el remake.

Como podéis ver, las experiencias que tenemos de niños o adolescentes (dependiendo de la edad que tengas y de cuánto puedes recordar esos momentos) se caracterizan por una cosa: los sentimientos.

Envidio de verdad a aquellas personas que son capaces de disfrutar un videojuego lanzado en estos tiempos como si de un niño pequeño se tratara: la ilusión, el optimismo y la abstracción es algo que las caracteriza y lo cual me parece una virtud increíble. Por desgracia, y aunque poco a poco estoy recuperándolo, hace muchos años perdí todo eso por culpa de meterme en campos demasiado técnicos.

Ya no esperas un juego, ahora esperas a que x día salgan las notas, la media de Metacritic, los puntos buenos y malos vistos de la manera más objetiva posible. Gráficos, sonido, duración y jugabilidad. A eso se resumen nuestras experiencias como adultos.

Que la nostalgia sea algo propio de la niñez y la adolescencia es una completa mentira. Al igual que la nostalgia es tu videojuego de hace 15 años, también lo es ese verano de hace tres donde conociste a tu mejor amigo, empezaste con tu novia o descubriste que el mundo sí era para ti. Y es un recuerdo más que reciente donde, de nuevo, priman los sentimientos antes que la razón.

Hoy en día, si eres sensible a las influencias, estás jodido. Cuando compres Disco Elysium, ya vas con el condicionante de que es comúnmente reconocido como uno de los RPGs de la década, que es un juego increíble y que como experiencia es la hostia. Empecé a disfrutar el juego tras 25 horas porque no sabía cómo coño jugarlo.

Disco Elysium es psicología, es thriller, es reflexión, es sátira, es pensamiento y, sobre todo, es un juegazo.

Disco Elysium es un RPG. Hace dos días rechazaba totalmente esta opción, ya que lo que haces es caminar, hablar, participar 20 minutos en una misma conversación mientras escuchas por enésima vez una crítica mordaz al comunismo, ya sea igual que la anterior o con otras palabras, caminas de nuevo, te dan misiones, las haces, si eso consigues algún objeto y poco más en cuanto a desarrollo jugable.

Disco Elysium es un juego lento, pero que tiene mucho contenido. Debemos darnos cuenta de que es un juego donde mejorar las habilidades es importante a la hora de desbloquear opciones de diálogo o conseguir buenas tiradas. Y esas mejoras las consigues con esas misiones, las cuales, normalmente, tienen un desarrollo original, pero que plantean ideas aún mejores en su trasfondo (una búsqueda de un fásmido te hace saber las inseguridades amorosas de la pobre Lena). Disco Elysium requiere tranquilidad, intensidad y percepción, es decir, aquello que va a contracorriente de la filosofía actual, menos en la segunda, ya que ¿cuántos de vosotros terminasteis Elden Ring en una o dos semanas con 100 horas a las espaldas?

De nuevo (ya que no es la primera vez que saco este tema), no me malinterpretéis, me parece increíble que os guste tanto un juego como para jugar tanto en tan poco tiempo hasta acabarlo. El problema viene cuando el fenómeno social incide en nosotros. Ya mencioné en otro artículo mi caso con el Final Fantasy VII original, el cual jugué casi a la carrera porque, en realidad, quería jugar al remake, pero quería comparar porque eso imponía el fenómeno social; el no poder jugar a la referencia sin saber nada sobre el referenciado. ¿Qué pasó? Que me jodí Final Fantasy VII.

Final Fantasy VII ya no será parte de mi nostalgia dentro de unos años como sí lo fue Final Fantasy X, el que es, de momento, mi Final Fantasy favorito, y del cual conservo magníficos recuerdos que podrían catalogarse, cómo no, de nostalgia.

Los videojuegos no me parecen una sucesión de gráficos, sonido, duración y jugabilidad. No son ‘un RPG de 40 horas’. No son una obra de arte medida e intencionada. Son pasión. Si quieres hablar de algo, hazlo, pero hazlo porque quieres y no por repercusión. No lo hagas por culpa del puto síndrome de la visión del autor. Disco Elysium así lo hizo: dice lo que quiere decir con una jugabilidad divertida, adictiva y bien estructurada, y eso es lo que hace que quiera meterme sólo para completar esa misión pendiente y conseguir esa dopamina que me transmite ver en verde esos 70 puntos extra de experiencia.

La nostalgia atiende a los sentimientos. Atiende al corazón, a ese que nunca olvida. Dejemos la razón para la investigación, la objetividad y, ya de paso, a la pretenciosidad.

Manuel Hernandez

Puede que ahora sólo esté buscando ese juego que me devuelva a lo que sentí con Twilight Princess cuando sólo era un enano. De mientras me entretengo llevándole la contraria a la gente sobre Breath of the Wild.
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