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Pokémon 25 aniversario: Un paseo por Kanto, Johto, Hoenn y Sinnoh

Rememorando la trayectoria de Pokémon, primera parte

Resuena la música de Pueblo Paleta en mi cabeza. No puedo evitar escucharla desde hace varios días. Estoy tan tranquilo haciendo mi trabajo, durmiendo, o limpiando la casa, y de repente aparece esa melodía de ocho bits en mi mente. Muchas personas hemos crecido junto a esta saga y eso nos hace sentir especialmente cercanos a ella. Se aproxima el 25 aniversario de Pokémon y he decidido recorrer sus ocho generaciones, empezando por Kanto, Johto, Hoenn y Sinnoh. De momento, Teselia, Kalos, Alola y Galar tendrán que esperar, no llegaron tan pronto como las demás regiones.

Llegamos a Kanto y, tras una charla con el Profesor Oak, siento cómo mi cuerpo se encoge y se vuelve monocromático. Por algún motivo que siempre he ignorado, el anciano no sabía el nombre de su nieto, y le pude decir el nombre que me dio la gana. Seguro que Azul nunca entendió por qué su abuelo le empezó a llamar «Limón», pero es mejor que no sepa que fue cosa mía; bastante tendrá con que le arrebate el título de Campeón de la Liga Pokémon. Tras salir de Pueblo Paleta, la melodía desaparece de mi cabeza, pero la aventura acaba de empezar. En Pokémon Amarillo no escogemos inicial, así que, con Pikachu siguiendo mis pasos, es momento de hacernos con todos.

Todavía recuerdo cómo las rutas me parecían increíblemente inmersivas, cómo me podía perder buscando la salida en el Monte Moon o en la oscuridad del Túnel Roca, o cómo una Pokédex de 151 criaturas me parecía increíblemente variada. Tampoco olvidaría jamás de buscar al Lapras del edificio de Silph S.A. con el que después pude partir en dos a los dragones de Lance. Recuerdo arruinarme comprando entradas para el Safari cuando necesitaba encontrar los dichosos dientes de oro del guardián y descubrir que, cuando te quedabas en bancarrota, te dejaban pasar igualmente a cambio del dinero que tuviera encima.

Hay millones de detalles que cada uno recordará de manera particular y eso hace que cada una de las aventuras sea única. Sin embargo, estoy bastante seguro que a más de uno nos traumatizó el momento en el que metimos a Pikachu en una caja y no nos volvió a seguir nunca más. En mi caso, por lo menos, me hizo prescindir de mi equipo de Pokémon a nivel 100 para recuperar a un Pikachu que me siguiese por las rutas. Partida borrada y volvimos a empezar.

Uno de mis mejores recuerdos de la infancia fue cuando cumplí siete años, abrí un regalo y me encontré con una flamante copia de Pokémon Oro. Las aventuras en dos tonos de la generación anterior se volvieron policromáticas, aunque no mucho.

La parte trasera de mi Game Boy Color magenta lucía de lo más guay con aquel cartucho dorado. O así lo pensaba entonces. Llegaba una nueva región y tocaba, por fin, abandonar Kanto. O así lo pensaba entonces. Me tocaba esta vez elegir a mi inicial, y por supuesto, escogí al mejor: Chikorita… o así lo pensaba entonces.

Pueblo Primavera me hizo descubrir cosas que hasta entonces no había visto en la anterior generación: un profesor joven que le preocupaba la crianza de Pokémon, una madre ahorradora que gastaba compulsivamente mi dinero en cosas que no necesitaba, y un rival anónimo que robó a su Pokémon inicial. ¿Pero qué locura es esta? Y todavía no he salido de mi pueblo natal.

El Pokégear. Menuda revolución en aquel momento. Tenía que soportar las cansinas llamadas telefónicas de mi madre, del Profesor Elm y hasta del joven Chano, pero todo eso merecía la pena cuando podía sintonizar la emisora de la lotería y caminaba por todas partes con semejante temazo. Bueno, diré la verdad, también estaba guay que los entrenadores te llamasen para proponerte revanchas.

Huevos Pokémon, un rival más edgy todavía que el anterior, cien pokémon nuevos, una bolsa mejor organizada, el mencionado Pokégear, los ciclos día-noche… hubo numerosas novedades en estos juegos, pero si algo se me quedó especialmente grabado en la memoria fue el regreso a las ciudades de Kanto. Poder obtener 16 medallas tras pasarte la Liga Pokémon me pareció completamente mágico, y ningún otro postgame de Pokémon ha podido cautivarme al mismo nivel. Hubo cosas grandiosas como el Gyarados rojo, el temido Miltank de Blanca, el secuestro de la Torre Radio en Ciudad Trigal… pero nada fue como jugar en dos regiones. Bueno, quizá sí hay una cosa a su nivel: encontrarme con Rojo y sentirlo como un épico enfrentamiento contra mi «yo» del pasado.

Una de las pequeñas espinitas que se me quedó en la infancia fue la de no llegar a tener Pokémon Cristal en aquel momento. Cuando veía los sprites en movimiento de los Pokémon o un avatar femenino en lugar de mi chaval con gorra hacia atrás me quedaba atónito. Pero no vi muy claro gastar mis pequeños ahorros en un juego que era demasiado similar a mi cartucho de Oro. De no haberlo tenido primero, me habría tirado de cabeza a por ese juego azulado.

Tras una espera larga por parte de mi Game Boy Advance, llegó a mi poder el precioso cartucho azul de Pokémon Zafiro. Ya no tendría que jugar a Pokémon con un juego que le hacía toldo a la portátil.

Pokémon Zafiro fue un título donde pude ver cosas que me gustaron y cosas que no. Todos somos conscientes de los puntos débiles de esta generación, pero a pesar de todo se trata, a día de hoy, de mi generación favorita. ¿En qué otro juego empiezas tu partida en la parte trasera de un camión de la mudanza? Una caja mal puesta podría haber acabado conmigo mucho antes que los del Team Aqua o Magma.

Tras sobrevivir a la mudanza y poner el reloj en hora, ya podemos investigar un poco por Villa Raíz hasta que… ¿Alguien ha gritado ayuda?

Con esa introducción descubro a Abedul, uno de los más entrañables profesores Pokémon que me entregó al Torchic que usé para salvarle el pellejo. También me habla de su hija Aura, una nueva rival que es tan amable en persona como devastadora en los combates. Su encuentro bajo el carril bici me marcó especialmente, a mí y a todos mis Pokémon, que quedaron para el arrastre.

Me di cuenta de que la dificultad en Hoenn era mayor que en las dos generaciones anteriores: habían llegado las naturalezas, las habilidades y los combates dobles. Hasta Blasco logró hacerme polvo en la Calle Victoria. Esto ya no iba de usar el ataque más potente de mi Pokémon favorito. Las estrategias comenzaban a aflorar y mi equipo necesitaba estar más compensado que antes. Recuerdo que este escalón de dificultad se me atragantó y me frustró al principio, pero tras hacer cambios en mi equipo principal, pude vencer a Aura, a Vito y Leti, a Blasco, y pude alcanzar la liga Pokémon, derrotando a Máximo para arrebatarle el título de Campeón.

Nuevas mecánicas, el Pokénav, las bases secretas, la ruta 113, el cultivo de bayas, los pokécubos, el buceo, los concursos Pokémon, mis legendarios favoritos… hubo muchísimas cosas que me encantaron de Hoenn, aunque no todo fue bonito. El mayor chasco me lo llevé cuando, tras acabar la partida, descubrí que el único postgame que había era una Torre Batalla. Nada de regiones anteriores. Le pude sacar las ventajas suficientes para pulir mis estrategias de combate, aunque poco tenía que ver con todo lo que ofreció después el Frente Batalla en Pokémon Esmeralda. Sin embargo, antes de ello, iría el primero de los remakes de Pokémon. Revivir Kanto en mi Pokémon Rojo Fuego con los avances de la tercera generación y el añadido de las Islas Sete fue algo inolvidable.

La Nintendo DS fue una completa revolución en el mundo de las portátiles. Todo el mundo tenía una. Y como era de costumbre, la siguiente generación de Pokémon se hizo esperar bastante en España, pasando casi un año desde su estreno en Japón.

Cuando era más pequeño me importaba poco; por entonces, la información llegaba a cuentagotas. Pero cuando ya vas a cumplir doce años, estás suscrito a la revista de Nintendo y empieza a haber Internet en todos los hogares, el bombardeo de noticias me volvió bastante más impaciente. Especialmente cuando vas a la tienda de videojuegos y resulta que se habían agotado en su estreno. Tuve que esperar un mes para conseguir mi Pokémon Diamante y unos cuantos amigos me sacaron bastante ventaja.

Sin embargo, toda la estrategia que aprendí en la tercera generación me ayudó a avanzar más deprisa y me costó poco alcanzar a los demás, aunque no fue tanto por mí. La laberíntica región de Sinnoh era capaz de detener el más imparable de los jugadores. Juntarnos varias personas para averiguar por dónde había que avanzar se volvió algo casi ritual. Sin embargo a mí no se me hacía tan difíc… espera. ¿Puño fuego no era un ataque especial?¿Qué está pasando aquí?

Si algo me hizo disfrutar de Pokémon Diamante fue el mundo subterráneo. Darle al pico y la pala en multijugador para sacar fósiles, robarnos la bandera de la base secreta, crear circuitos de trampas en los pasillos… fue sin duda el título con el que más disfruté a nivel multijugador. Y si hablamos, además, del nacimiento de la GTS, nos encontramos con un avance que a día de hoy se sigue aplicando. La GTS nos permitió completar la Pokédex gracias a los intercambios online. No disfruté personalmente de los añadidos de Platino, pero tampoco los eché en falta en aquella época.

Mis recuerdos favoritos se encuentran en su multijugador, pero no sería justo olvidarme de muchas de sus otras grandes fortalezas, como su música. Me obsesioné con melodías como las del Bosque Vetusto o las de los Tres Lagos. Disfruté muchísimo de poder personalizar las Pokéballs de mi equipo, de la sensación de no saber por dónde avanzar, o de poder transferir los Pokémon de los viejos cartuchos a mi flamante tarjeta de Pokémon Diamante. También cabe destacar que, gracias a esta generación, también tengo especial cariño a Johto y el maravilloso remake del que disfruté con Pokémon Heartgold.

Perdonad mi nostalgia. 25 años son muchos años, sobre todo cuando estos juegos han crecido junto a uno mismo. Las cuatro primeras generaciones de Pokémon fueron las encargadas de afianzar todo lo que ha sido posteriormente este universo: mecánicas, Pokémon, tipos de Pokéball, combates, aventuras… cada generación tiene algo que la hace destacar.

Este paseo me ha hecho recordar cosas magníficas de las primeras cuatro regiones. Tengo ganas de más. Tras un merecido descanso, iremos a las cuatro restantes.

Daniel García

Mis primeras aventuras con los videojuegos se remontan a los pixelados y poligonares tiempos de la Game Boy Color y la PlayStation. Mis últimas aventuras, sin embargo, son en alta definición y conectado a Internet. Los tiempos cambian, pero se mantiene la esencia.
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