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Tidus y el complejo de Edipo

Curiosidades sobre Final Fantasy X y la metapsicología

La interconexión de las diversas cadenas de mensajes que generan las redes siempre acaba trasladando al lector a lugares que en un principio no imaginaron. Esas cadenas crean vínculos invisibles e «inconscientes» (e incluso intrusivos) con ese destino desconocido al que muchas veces nos vemos redirigidos.

«¿Por qué plantea esto?» Os estaréis preguntando. Hoy hablaremos de una curiosidad, hablaremos de Final Fantasy X y las relaciones intrapersonales de su protagonista Tidus con su familia. Y como podréis suponer, Final Fantasy X no celebra nada en especial por estas fechas, no se cumple ningún aniversario ni hay ninguna justificación para querer hablar de él, en pleno 2020 (obviando la de que es un juegazo, por supuesto). 

Es decir, que este artículo pretende ser uno de esos destinos a los que llegas y no sabes cómo, un trance entre tanto lanzamiento bochornoso y abrumador. Trataremos de hablar de esa interconexión entre videojuego y psicoanálisis, y no solo mediante el destino o el sentimiento de pertenencia con el mismo que plantea esta entrega, también mediante los vínculos que protagonizan el juego. Vínculos con un padre que rige, antes y después de la infancia, el destino de su hijo. 

No vamos a explicar ahora, después de tantos años, de que va Final Fantasy X, pero si es preciso hablar de cuando comenzamos el juego y podemos disfrutar de una introducción acompañada de ese legendario tema de Uematsu, «Zanakard«. Allí comenzamos viendo unas proyecciones de un futuro que contrastan totalmente con el posterior preludio del juego, donde tras una serie de sucesos, nos vemos «transportados» muchísimos años a un futuro distópico, con lo que los habitantes, que no tardan en darse cuenta de los «desvaríos» de Tidus, catalogan como «La toxina de Sinh». Un pin parental más intrusivo y profundo.

Pero, ¿qué es la toxina de Sinh y que tiene que ver con la psique de Tidus? Recordemos a Sinh, aquella calamidad que arrasó el mundo tal y como Tidus lo conocía sembrando el caos y la destrucción. Sobre esta figura se mitificaron muchas creencias que acabaron trascendiendo y formando un culto protector en torno a los eones. Muchos de los lugares que veneran los invocadores como Yuna, se perdieron a causa de Sinh, sin embargo, Tidus afirma haberse criado en uno de esos lugares desde que nació. Es aquí donde se nos presenta «la Toxina que desprende Sinh» como explicación popular a la incertidumbre consecuente a la identidad de uno mismo y la pérdida de memoria sobre el lugar de procedencia.

Es decir, «la toxina de Sinh» es, como afirma el ilustre blog de «El Diván de Sudit senpai«, los acontecimientos traumáticos consecuentes a esa experiencia cercana a la muerte causada por el ataque de Sinh. Pero también puede significar otra cosa, teniendo en cuenta que el caso de Tidus es un caso totalmente particular y diferente, y que a su vez se llama de la misma forma. 

En el caso de Tidus, esta toxina es una forma que tiene Sinh, su padre, de forzar la superación de la represión de aquellos traumas vividos en la infancia, algo totalmente en contra de la voluntad de Tidus, un exitoso jugador de Blitzball que oculta una dolorosa niñez detrás a causa del abandono de su padre, y la posterior muerte de su madre. 

Una especie de pin parental, al fin y al cabo; delimitando lo que debe hablar y de lo que no, enfrente de un mundo nuevo, diferente y mucho más conservador: Religión, sexualidad, política…  pero todo ello para forzar un destino a favor de que Tidus pueda sobrellevar una vida feliz, o eso cree su padre… 

Y efectivamente, como decía Tidus, «Esta es mi historia», una historia consecuente a la ruptura con su zona de confort, donde los traumas que se escondían en el inconsciente salen a la luz y un chico sin cualidades especiales debe hacer frente a su destino y a sus preocupaciones más íntimas. 

Su madre apenas aparece en el juego, pero es fundamental para el desarrollo del personaje de Tidus

Freud nos comunica en alguno de sus ensayos que la elección del objeto en el primer periodo sexual recae en los padres. Tidus tiene un problema similar, atrapado desde su infancia por la disposición triangular del complejo de Edipo. Trasladándolo hacia Final Fantasy X, supondríamos que Tidus, desde el seno materno, establece como primer objeto sexual a su madre.  El problema viene cuando en esa intensificación de los instintos sexuales comienza a ver al padre como una rivalidad entremedias de su madre, tomando entonces «un matiz hostil», como diría Freud. El odio que acaba generando hacia Jetch mediante ese deseo de suprimirle sumado a la desaparición de su padre, más la posterior muerte de su madre, conforma un profundo trauma en Tidus, incapaz de la resiliencia. 

Y es que tal y como afirma Leonore Terr, los recuerdos de la infancia no se pueden reprimir o apartar, razón por la cual Jecht, en su forma de Sinh, embarca a su hijo en un peregrinaje terapéutico por sus más dolorosos recuerdos, donde establece un nuevo objeto. Todo ello en calidad del súper yo. 

Y es que al final Final Fantasy X es un juego lleno de curiosidades en muchos de sus personajes. El propio tratamiento de los sueños de los oradores ya de por si es curioso, y se podrían hacer mil artículos como este, más extensos y profundos de la psicología de esta obra maestra de PS2.

 

Pero no todo es coco. La música de Nobuo Uematsu, Masashi Hamauzu o Junya Nakano, la maravillosa y fantástica historia de amor de Yuna y Tidus, una temprana versión de «Your Name» con ese juego del tiempo y de la catástrofe, y como no, el atrevimiento que dio lugar a uno de los juegos más innovadores de la saga apostando por un valiente principio de linealidad. 

Al final, este artículo es simplemente un mero pasatiempo que nace de las ganas de revisitar las fantásticas e inolvidables localizaciones de Spira. Pero no deja de ser curioso, el que cada gesto de un personaje pueda estar intensamente pensado y mentalmente desarrollado. Final Fantasy X es un recuerdo de una industria que en 2001 apostaba por la singularidad y el cambio.

Al final, nuestro protagonista y su complejo podrían haber sido nada más que un esperanzador sueño, pero, de nuevo, como plantearía Freud, ¿Acaso el ser humano no es actor y espectador de sus propios sueños? 

Carlos González

Buscadme en Tokio-3 o junto con mi gato, que se llama Wanda y es de Wakanda.

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