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Draugen o la psico(pato)logía de Edward Charles Harden

El desierto de lo real

Me encantan los walking simulators. Salvando las distancias, creo que son lo más parecido que tenemos en el videojuego al cine de autor, y no por casualidad. Toda obra es un trabajo, y parece lógico pensar que cuantos menos recursos se le deban (o puedan) dedicar a la jugabilidad, mayor potencial alcanzarán otros aspectos como la narrativa, la estética o el diseño. Obviamente, existen excepciones -frecuentemente obras maestras- que aciertan en todos sus puntos y alcanzan la excelencia en todas sus facetas, trascendiendo el sobresaliente para llegar a una cota aún más alta: la de juego completo u obra total, una cima a la que muy pocos han llegado y que, personalmente, solo me atrevo a atribuir a The Last of Us. No en vano, gran parte de los títulos circunscritos a este género se cuentan como obras independientes que, incapaces de sobresalir en lo jugable por cuestiones económicas, logísticas u organizacionales, centran sus esfuerzos en emocionar a través de sus personajes, su historia o su arte, del mismo modo que a una película indie le será imposible basar su impacto en efectos visuales, maquillaje o vestuario, pero sí podrá hacerlo en base a la dirección, el montaje o la fotografía.

Antes de pasar al tema que nos ocupa, y adscrito al párrafo introductorio, no puedo dejar de recomendaros Walking Simulators: la exploración hecha videojuego, de Sofía Francisco, un imprescindible ensayo sobre el género.

Paisaje en Dear Esther
De Dear Esther a Draugen, pasando por Firewatch o Gone Home, los ‘walking simulators’ están viviendo una auténtica era dorada en nuestros días.

Con esta inmejorable predisposición por mi parte, me encontré de bruces con Draugen, un maravilloso retiro de tres o cuatro horas que entra por los ojos y se queda por su encanto. Creado por el estudio noruego Red Thread Games, responsables de la saga The Longest Journey, quienes lo anunciaron, nada menos que en 2013, como un survival horror en primera persona. Casi seis años después, nos encontramos con un resultado bastante alejado de las primeras concepciones, pasando del terror a lo contemplativo y de una base en la mitología nórdica a unos pilares centrados en sus personajes. Todas las bondades (y flaquezas) que pudiera decir de esta obra ya las nombró mi compañero Daniel «Fullbull» Rubio en su análisis del título para esta misma casa, así que os invito no solo a que leáis sus párrafos sino también a que saquéis una tarde para sumergiros en esta pequeña joya antes de continuar, ya que vamos a centrar las siguientes líneas a desgranar uno de los tratamientos de la psicopatología -no confundir con psicopatía- o estudio de los trastornos mentales más inspirado que recuerdo en nuestro medio.

A partir de aquí habrá spoilers de la trama principal de Draugen.

Como si de un trampantojo se tratara, el comienzo del título nos promete una historia de misterio y suspense, aderezada por el alivio constante que supone Lissie, nuestra impetuosa y vivaz compañera. No obstante, y nada más lejos de la realidad, lo que se torna por momentos en el thriller que prometía en sus primeras etapas de desarrollo avanza paulatinamente hacia un relato introspectivo y personal, no exento aun así de giros de guion y fases de auténtica tensión. Dentro de este marco, y confiando en que bien hayáis atendido a mi recomendación de jugarlo o a mi advertencia de spoilers, de una manera relativamente temprana se nos revela que, en realidad, el único personaje «real» de la obra es a quien controlamos, un Edward Charles Harden cuya vida mental sobrepasa los pensamientos, emociones y expectativas, llegando al terreno de las alucinaciones y los delirios.

No he podido por menos que marcar entre comillas la palabra real en el párrafo anterior. En la que, a día de hoy, sigue siendo mi película favorita, Matrix, Neo entra en un momento de comprensible incredulidad cuando se le revela la verdad sobre el mundo en el que ha despertado, ante lo cual Morfeo le responde: «¿Qué es real? ¿Cómo defines lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro». Aunque alucinaciones en el sentido más estricto de la palabra, Lissie y la Entidad son verdaderamente reales. Su condición como creaciones salidas de la mente de Edward no les resta un ápice de impacto, en parte, porque la segunda parte de la obra centra su foco en ellas y, por otro lado, dada la ausencia de otros personajes ajenos al protagonista.

Primer plano de Lissie en Draugen
Pese a ser ciertamente previsible, Lissie tiene la suficiente influencia sobre el protagonista y el jugador como para impactar cuando se nos revela que, en realidad, es una alucinación.

La Asociación Estadounidense de Psicología (APA) define las alucinaciones como engaños perceptivos, uno de los síntomas más representativos de las psicopatologías, elevándolo a la característica del trastorno mental por antonomasia, a la condición sine qua non del prototipo de «loco». De manera más científica y rigurosa, son concebidas según tres criterios: la ausencia de estímulo, el origen en la mente del individuo y la imposibilidad para controlarlas, los cuales se cumplen según lo que se nos muestra en la obra. No obstante, existe una particularidad de estas alteraciones que, pese a no ser nuclear, lo cierto es que aparece ausente: su intrusividad. Lissie y la Entidad no solo son reales para Edward, sino que han pasado a formar parte de su día a día como si de una relación con un cónyuge, amigo o familiar se tratara. Estas apariciones no son extrañas ni disruptivas para el protagonista, y su paradójica convicción de que son creaciones propias -y no estímulos externos- me haría pensar que se trata de otro tipo de alteración… De no ser por los delirios.

De la manera en que titula este apartado se define el término latino delirae, del que deriva etimológicamente la palabra delirio. Aplicado al pensamiento humano, y sazonado por un pequeño exceso de lírica, equivale a pensar saliéndose del camino marcado por la razón. Y es que, si las alucinaciones son la cara perceptiva de la moneda de lo que comúnmente señalamos como «locura», los delirios serían la cara cognitiva, un engaño que, en esta ocasión, no es perceptivo sino del pensamiento. De forma más técnica, podríamos definir los delirios como juicios falsos que el individuo mantiene con gran convicción, no influenciados por la experiencia ni por la lógica y de contenido imposible. Se caracterizan por ser conceptualmente muy elaborados y complejos, pudiendo rivalizar en su forma con cualquier postura lógica y llevando a confusión si se omite información o contexto, tal y como hace deliberadamente el guión de Draugen.

Edward llega a Graavik, la bucólica villa en la que transcurre la acción, en busca de su hermana, Elizabeth, de quien no ha tenido noticias en semanas y cuyo último paradero conocido fue, presuntamente, la encantadora aldea noruega. Paulatinamente, el título nos da pistas de que algo no encaja, más allá de lo desolado del lugar y los extraños acontecimientos que parecen haber ocurrido. Unas pistas que, unidas, nos llevan a la conclusión final y clímax de la obra: Elizabeth no existe. O mejor dicho, no existe tal y como la concibe Edward. Al contrario que en el caso de las alucinaciones, los delirios sí encuentran su base en la realidad externa. Así como las apariciones nombradas anteriormente nacen como una creación original del personaje, la idea de Elizabeth tiene su origen en algo empírica y objetivamente constatable, como es su hermana del mismo nombre, fallecida con apenas meses de vida cuando Edward no era más que un niño y causa principal del derrumbe de su familia. La creencia en una versión inexistente de Betty, como él la llama, con la convicción que caracteriza a un delirio, junto a la consabida presencia de alucinaciones, apunta a una única explicación: un trastorno psicótico.

Carta y foto de Betty en Draugen
«Aún no he tenido noticias de mi hermana, Elizabeth». El viaje de Edward se sustenta en un delirio recurrente, sustentado por una foto de Greta Garbo y la convicción de que es a ella a quien busca.

Aquí es donde entra la más avanzada, aunque no por ello más manejable, concepción de este tipo de trastornos, englobados según la quinta edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5) dentro del llamado «espectro de la esquizofrenia». Dentro de esta dimensión, y a partir de la escasa información que se nos da, no es fácil discernir -ni mucho menos diagnosticar- el tipo de dolencia que padece nuestro protagonista: un trastorno psicótico inducido por sustancias, debido a una afección médica mayor, quizá una esquizofrenia propiamente dicha… Todas son hipótesis válidas, aunque sus antecedentes de ansiedad y depresión parecen apuntar al trastorno esquizoafectivo, caracterizado por síntomas significativos del estado de ánimo, más la psicosis y otras características de la esquizofrenia.

Pero, ¿es posible? O, al menos, ¿lo es según el planteamiento en la que la obra encuadra a su protagonista? ¿Qué podemos concluir según los modelos explicativos de los trastornos del espectro de la esquizofrenia, las hipótesis psicobiológicas y su historia personal? Nada simple, unilateral y del todo conclusivo, desde luego. En The Art of Draugen, un imperdible libro que amplía la historia del título y de visionado muy recomendable para quienes hayáis llegado a los títulos de crédito, se nos revela que Edward quedó huérfano a los doce años. A partir de esa edad se mantuvo al amparo de los amos de la casa familiar, desarrollando una creciente ansiedad y aislándose cada día más, tras lo cual llegarían las alucinaciones y los delirios.

Información sobre Edward en el libro The Art of Draugen
En el libro The Art of Draugen se amplía la historia de los personajes, gracias a lo cual descubrimos que Edward empezó a padecer ansiedad y alucinaciones poco después de quedarse huérfano.

No se nos indican, sin embargo, antecedentes psicóticos en el árbol genealógico del protagonista, un factor muy a tener en cuenta según el modelo de vulnerabilidad-estrés, el cual mantiene que serían estresores ambientales (eventos traumáticos, en este caso) los que activarían una propensión genéticamente adquirida a este tipo de trastornos. Hoy en día todavía no hay consenso acerca de la etiología de la esquizofrenia, menos aún pretensión de reducirla a una única causa. Lo único que se puede afirmar es que surge por interacción de múltiples factores, siendo necesaria una combinación de agentes genéticos y ambientales.

Sea como fuere, lo cierto es que el origen concreto de la psicosis de Edward no es especialmente relevante para la historia, y con mi alusión al mismo no busco más que invitar a la reflexión sobre un planteamiento que, aunque vago, es plausible. Ojalá más obras siguieran los pasos de Draugen, Hellblade o Celeste, no solo en su atrevimiento al tratar los trastornos mentales sino en el rigor en cuanto a su inclusión. Espero que no sea ingenuo pensar que, poco a poco, vamos avanzando en este aspecto.

Como Celeste hacia la cima. Como Senua hacia Helheim. Como Edward hacia la paz.

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Víctor Martín 'Reyno1ds'

Psicólogo en ciernes apasionado por los videojuegos. Tan pronto escribo sobre Star Wars, League of Legends y SimRacing como de duelos, emociones y disonancias cognitivas.

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