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Una partida más

Como pasamos de tener todo el tiempo del mundo para jugar a tener que administrarlo

Corría el año 1997 y todos los sábados mi padre quedaba con su panda de amigos del fútbol en el bar del barrio para pasar el rato y desconectar de los temas del trabajo y todo lo que nos podría preocupar en la década de los 90. Yo era un chico de siete años el cual lo acompañaba, pero no porque me apasionara el fútbol, sino porque al lado de dicho bar había un local llamado recreativos, los cuales escasean actualmente por nuestras calles. Para todos aquellos que nacieran en el 2000 o más adelante, los recreativos eran unos sitios los cuales nos brindaban la oportunidad de echar unas partidas a los títulos que disponía el dueño del local por el intercambio de unas monedas, una especie de traga-perras pero disfrutando durante unos minutos jugando al videojuego que estuviera instalado en ella.

Siempre me voy a acordar del gesto de mi padre al darme una moneda de doscientas pesetas y decirme que una vez las gastara ya no habría más partidas hasta la semana que viene. En cuanto disponía de esa moneda en mi mano, corría hacia la maquina donde estaba el Street Fighter II o el memorable Pang. Era una época en la que las consolas de sobremesa no estaban a la orden del día en todas las casas. Yo afortunadamente disponía de una Sega Master System II con el Sonic y otro juego que iba instalado de fábrica en ella, pero una vez te cansabas de jugar a lo mismo, no disponías de muchas más opciones para entretenerte echando unas partidillas. Tenias que disfrutar de esas partidas, porque una vez que aparecía la pantalla de Continue? y no disponías de más monedas, había terminado tu sesión de juego sin poder jugar una partida más.

Una de las muchas pantallas de Continue que aparecían en las máquinas recreativas.

Pocos años después, llegó el día esperado que todo niño quiere que llegue, y admitidlo, no era por tema religioso, hablo del día de la primera comunión y de poder “pedir” algo que tu quisieras. Aprovechando la ocasión, pude adquirir una PlayStation con el Tomb Raider III, juego con el cual pude comprobar que este mundo no era solo dar saltos y correr con el erizo azul. Debo añadir también que en ese tiempo fue la época dorada en nuestro territorio de los llamados videoclubs, una opción para todos aquellos (me incluyo en el saco) de poder disfrutar de títulos por unos días por una cantidad razonable de dinero. Deseaba que llegaran los viernes y salir del colegio para poder acercarme al videoclub para ver en qué aventura me embarcaría durante ese fin de semana, era algo mágico y que actualmente pocas circunstancias o hechos me hacen recordar esa sensación. Un juego que alquilé infinidad de veces (tantas que lo podría haber comprado dos veces) fue Final Fantasy IX, título que me  descubrió un nuevo género que me marcó como jugador. Pero ese momento en el que llega el lunes por la tarde y tienes que guardar la partida para devolverlo, sabiendo que no volverás a continuar hasta el viernes, o no, si daba la casualidad que lo alquilaba otra persona, era muy dura y solo puedo compararla a como cuando estás enganchado a una serie y esperas al capítulo de la siguiente semana.

Final Fantasy IX fue el último juego de la saga de Squaresoft que apareció en PlayStation.

A la colección, también añadí una Game Boy Color con el reciente Pokémon Amarillo en el 2000; ese verano fue una locura. Me acuerdo de intentar conseguir todos los Pokémon de la Pokédex intercambiándolos con mis amigos con sus respectivas versiones Azul y Rojo mediante un cable diabólico llamado Cable Link. Nos costó más de una peleilla pero siempre estábamos ahí, intentando conseguir los Pokémon que les faltaban a nuestros amigos para poder intercambiarlos por los que nos quedaban a nosotros y todo ello sin tener en esos tiempos una fuente de información a mano como es ahora Internet. Nuestra guía era juntarnos todas las tardes y comunicarnos para ver cuál nos faltaba y si estaba disponible en nuestra versión del juego. Había una conexión entre nosotros más fuerte que la que podría brindarnos ese cable verde fosforito.

Pasa el tiempo, vas creciendo, pero ya no tienes más “celebraciones” importantes para poder pedir la nueva consola salida al mercado. Me acordaré siempre de estar en casa de mis abuelos y que sonara el timbre, sonó de aquella forma que sabes que el que está llamando es tu amigo para sacarte a la calle. Pero ese día las nuevas eran otras: sus padres, dadas sus buenas notas, le habían comprado la PlayStation 2. Imaginaos mi cara al pasar a su habitación y ver que mi amigo tenía algo que tú querías. Tengo ya unos años y no me avergüenza decir que en esos momentos lo que más sentía era envidia, pero envidia de la mala. Luego, entre ahorros y tantos “porfa, porfa” a mis padres, pude convencerlos para comprarla. Y he aquí una pequeña anécdota, ¿sabéis de alguien que se compre un videojuego sin tener la consola para dicho videojuego? Aquí tenéis a ese estúpido. Más que estúpido, ansioso por querer jugarlo, pero dio la circunstancia de que en ese momento no había ni una sola consola en todos los establecimientos de mi localidad, así que tuve que esperar varios días mientras me leía una y otra vez la carátula y el librillo de instrucciones del Final Fantasy X, y sí, en esa época todavía los juegos llevaban libro de instrucciones.

Una vez llegas al instituto y ya el tema de los estudios (y las hormonas) se ponen serias, tienes que administrar tu tiempo para poder disfrutar de todo un poco, y sí, sigues jugando pero hay fines de semana que estás con los amigos o días que tienes que estudiar para un examen. Pero en mi caso, sigues jugando a lo que te gusta, pero las sesiones no llegan a ser como te gustarían que fueran de largas. Luego llegas a esa época en la cual formas parte de la población activa (con mucha suerte) y en la cual tienes que estar fuera de tu casa una media de ocho, diez, doce o incluso más horas, y a veces, hasta fuera de tu lugar de residencia, en un piso de alquiler. Y tu hobby de disfrutar los videojuegos, pasa a ser un pequeño tesoro que te permites pocas veces a la semana.

Y que quiero deciros con todo esto después de contaros mi vida (si es que habéis llegado hasta aquí), os hablo de que no todos a los que nos gusta este mundo disponemos de todo el tiempo que desearíamos para poder embarcarnos en una aventura. Y en las ocasiones en las que tenemos que dejar pasar un triple A por su extensa y larga duración y nos centramos más en juegos indies o no tan indies que van a lo hecho y te hacen disfrutar de más experiencias. Hablo de que en los tiempos que vivimos, la actual generación dispone de más medios y más plataformas y nunca están conformes con lo que tienen, o se embarcan en un título masivo por las influencias como Fortnite sin darse ellos mismos la oportunidad de descubrir nuevos mundos e historias que los marquen como a mí o a muchos de vosotros os marcaron.

Fortnite deja en el banquillo a muchos títulos para la generación actual.

Saber que muchos de ellos no disfrutarán de una aventura como es un Mario, un Crash Bandicoot o un Spyro como nosotros las disfrutamos ya que no son tan populares o sus Youtubers favoritos no los juegan incentivándolos a que ellos los jueguen. El libre albedrío de poder elegir lo que tu quieres jugar y disfrutar descubriendo un genero nuevo sin que alguien a través de una pantalla te diga que está guay. Quizás ya estoy un poco metido en edad o quizás los años hacen cambiar el medio.

Hablo de que esa magia de intercambiarse un Pokémon, jugar en la consola de tu amigo porque tú no la tienes, o ser el niño más feliz del mundo con tu moneda de doscientas pesetas en la mano. Esas sensaciones desaparecerán como los recreativos o los videoclubs.

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