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Viva Piñata, uno de los tesoros ocultos de Xbox 360

El primer recuerdo que tengo de Viva Piñata se remonta a las Navidades de 2006, época en la que empecé a trabajar en un Game de Sevilla. Recuerdo dos cosas del juego: su edición coleccionista, que era una caja con forma de piñata y que molestaba mucho colocar en la estantería, y su odiosa cuña que sonaba por el hilo musical cada veinte minutos. Varias semanas trabajando ahí durante ocho horas al día… os podéis imaginar lo mucho que puedes llegar a odiar algo en esas condiciones, por lo que recordad tener siempre respeto y paciencia hacia la gente que trabaja en tiendas por Navidad. En mi caso, a día de hoy no puedo escuchar a Salvador Aldeguer, actor de doblaje del anuncio y voz de Ralph en Rompe Ralph, sin acordarme de esa época odiosa.

Pasarían dos años hasta que Viva Piñata se cruzase de nuevo en mi vida. Me acababa de comprar una Xbox 360 y con ella venía un pack de dos juegos; Viva Piñata y Forza Motorsport 2. Los juegos de carreras nunca me han gustado y este no fue una excepción, por lo que lo dejé de lado. Me quedaba únicamente probar ese juego de aspecto infantil de mi antaño querida Rare.

Lo que siguió a continuación fueron varias semanas metido al 100% en ese juego, buscando guías por Internet para conseguir todas las piñatas, que estas criasen más piñatas, el cómo acabar con esa Cocoadile amarga que me estaba arruinando mi precioso jardín al que tantas horas estaba dedicando.

Un jardin de Viva Piñata con gallinas Chuckles

Había bajado la guardia y el cabrón del juego me había enganchado. Fue el primer juego del que conseguiría todos sus logros (algo que desde entonces tan solo habré conseguido unas diez veces, aunque el que no me interesen también ayuda). ¿Qué narices tenía ese juego que me robaba tantas horas de juego?

Viva Piñata era un intento por parte de Microsoft de conseguir parte del público de Nintendo. Xbox 360 era joven y todavía estaba buscando su sitio, así que un público más infantil era una parte del pastel que había que intentar obtener. Detrás estaba Rare, la niña prófuga de la compañía japonesa (o a la que Nintendo le enseñó la puerta de salida, nunca ha quedado muy clara la historia) y el juego apuntaba a Pokémon: decenas de criaturas para coleccionar que contaban además con su propia serie de televisión.

El apartado gráfico era simple, pero resultón. Era consciente de que la misma temática del juego no le permitiría brillar en exceso, por lo que gastaba todos sus recursos en la animación de las Piñatas, su apartado artístico y su colorido. Por aquel entonces era muy llamativo, con mucha personalidad para ser reconocido inmediatamente. Pero no era eso.

La jugabilidad era sencilla. Nosotros hacíamos de Dioses en ese jardín, siendo poco más que un puntero que movíamos por el mapa, y en función del botón que pulsábamos usábamos nuestras herramientas, ya fuese una pala o una regadera. Las piñatas nos ignoraban completamente (a no ser que se llevasen un golpe de pala por nuestra parte, claro) y la forma de conseguir que nos visitasen era gracias al mantenimiento del jardín. En función de la cantidad de tierra removida, lagos o flores que colocásemos llegaría una especie u otra, y estas a su vez harían que otras piñatas más grandes se sintiesen atraídas.

Luego había que conseguir que quisieran quedarse, por lo que implicaba más reformas. Algunas de ellas incluso querían cierto tipo de comida o instalaciones, mientras que otras, de nuevo las más grandes, se alimentaban de piñatas más pequeñas. Dicho así quizá suene muy traumático, pero realmente nadie moría en este juego: las piñatas, una vez rotas, se recomponían y abandonaban tu jardín entre sollozos.

Un jardín de Viva Piñata con conejos Bunnycomb

El siguiente paso era conseguir que una pareja se enamorase. Todas las piñatas necesitaban una casa para poder tener intimidad, mientras que el resto de requisitos variaba de una especia a otra. A las ya citadas reformas de jardín o alimentos varios también las había que necesitaban un accesorio concreto: por ejemplo, la profitamole, que sería el equivalente a un topo, en un claro ejercicio de auto-homenaje necesitaban que les comprases unas gafas de Bottles, el topo secundario de Banjo-Kazooie. Si hacías lo correcto tenías acceso a un extraño minijuego en el que debías cruzar un laberinto lleno de bombas para que las dos piñatas desatasen su amor en forma de un bonito baile tradicional.

No suficiente con eso, todas las piñatas tenían también tres variaciones en su color: si las alimentabas con el objeto necesario su cuerpo entero se teñía. Como podéis ver, la cantidad de acciones a realizar para ser experto en una sola especie de piñata era brutal… pues ahora multiplicadlo por las más de cincuenta especies que había, y tened en cuenta que muchas de ellas eran incompatibles por requisitos o simplemente porque se odiaban a muerte y se peleaban.

Creo que era eso lo que más me gustaba del juego: la perfecta sensación de recompensa al conseguir algo. No bastaba con un icono o un aspa en un cuaderno, en este juego conseguir un objetivo implicaba un cambio en el ecosistema de tu jardín.

Recientemente estuve jugando de nuevo a Viva Piñata gracias al GamePass, y tengo que decir que ha envejecido muy bien: al no depender de un apartado técnico si no de una premisa que no caduca es tan divertido jugar hoy en día como lo era entonces. Viva Piñata contó con una secuela a la que ni a la misma Microsoft le importó lo más mínimo: salió de tapado en una época en la que la Xbox 360 ya había encontrado su público, más pendiente de los modos online de Gears of War de que girar la cabeza hacia ese juego de aspecto infantil.

Siempre he pensado que Viva Piñata se merecía más reconocimiento. Era un buen juego, una excepción en un catálogo en el que si querías algo para todas las edades casi siempre tenías que acudir a un juego que adaptase la película famosa de turno. Algo original y divertido, dos adjetivos que hoy, más de diez años después, siguen escaseando en muchos juegos nuevos.

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Adrián Laguna

Crecí viendo jugar a mi padre al Mario 64 y a mi madre al Banjo Kazooie... era obvio que esto de los videojuegos acabaría tirando de mi.

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