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Los First-Person Shooter y la diversión

En un mercado saturado de FPS en los que todos miran de un modo u otro a aquel maravilloso Call of Duty 4: Modern Warfare pocos Shooters hemos visto que se atreviesen a romper con los convencionalismos del género o a plantear un enfoque de la acción más clásico. Vivimos en una época en la que características como la salud regenerativa, la necesidad de coberturas o el pretendido realismo (todo ello en ambientes bélicos, por norma general) impregnan casi todas las producciones triple A de Shooters en la industria. Sin embargo, iD Software y Machine Games dieron dos golpes en la mesa con sus propuestas.

De la mano de Machine Games nos llegó en 2014, Wolfestein: The New Order y en 2015 su expansión The Old Blood. Lejos de continuar el enfoque realista y seguir la tendencia que he apuntado antes, estos dos títulos destacan por ser precisamente una vuelta a aquellos Shooters de la década de los 90 y 2000: eran juegos rápidos, frenéticos, que ofrecían cantidades ingentes de armas con las que masacrar a las hordas nazis (de los nazis como la encarnación del mal perfecta en los videojuegos ya hablaré otro día) y no dejaban un momento de respiro al jugador. La táctica de esconderse tras una cobertura a esperar que los enemigos dejasen de llegar ya no funcionaba, y ahora primaba más el salir a pecho descubierto, cual héroe de acción ochentero, a reventar cuantos más nazis mejor. Todo en este juego está hecho para glorificar la matanza de nazis. Al fin y al cabo, son nazis. El argumento no es grandilocuente, ni pretende serlo: nos da la excusa (en este caso, que los nazis ganan la Segunda Guerra Mundial y alguien tiene que pararlos) necesaria para salir ahí escopeta en mano a matar nazis.

El otro exponente es DooM. Si los juegos anteriores supusieron un retorno a las raíces arcade del género con algún que otro toque moderno (como su sistema de mejora de habilidades), este DooM, salido este año, es lo que ocurre si cogieses una coctelera y mezclases la fórmula de Wolfestein con muchas más cafradas por segundo. En éste el argumento no es que sea grandilocuente, es mínimo: el Infierno invade Marte y tienes que pararlo, toma una escopeta. Este juego prescinde de la mayoría de las características de los Shooters actuales y deja el núcleo de lo que hizo grande a este tipo de juegos: revienta demonios sin parar. No te pares, muévete, no te preocupes por recargar y si ves que puedes rematar a un demonio, remátalo, que además te soltará salud. En este caso, todas las mecánicas jugables sirven a un único propósito: la matanza indiscriminada de seres del Averno. Su sistema de curación basado en botiquines y en que las ejecuciones físicas sueltan vida resaltan esto. No te escondas, sal a bailar con los demonios.

En el fondo, estos tres títulos suponen desechar todo lo que le estorba a los Shooters a la hora de ofrecer diversión pura y dura. Atrás quedan las cinemáticas largas (aunque rastro de ellas hay en Wolfestein) que nos cuentan un conflicto que no tiene por qué interesarnos. El ritmo de juego no es cortado cada cinco segundos porque el jugo de tomate nos tapa los ojos y tenemos que limpiarlo detrás de un muro. Ahora prima el movimiento, la acción, los chorros de sangre que suelta el enemigo y sus gritos agónicos mientras los desmembras. Y todo esto se traduce en diversión. ¿Significa eso que debamos dejar de jugar a los Call of Duty? No necesariamente, pero sí es cierto que se agradecen estas nuevas apuestas que lo único que ofrecen es, pura y llanamente, diversión.

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